
Cuando recibimos el evangelio comienza una transformación personal algo milagrosa para algunos o paulatina para otros. El Apóstol Pablo lo afirma de esta forma, “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Ya no podemos ser la persona que éramos. Tenemos que ir en busca de el nuevo “yo”. El “yo” según el pensamiento de Dios. El “yo” que desea un cambio radical en su vida. La Biblia aconseja así, “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañoso…” (Efesios 4:22). La expresión “yo siempre he sido” niega la efectividad de la voluntad de Dios para nuestras vidas a favor de la forma de vivir del viejo hombre.
Ya yo no soy el que siempre era; soy nueva criatura. El Apóstol Pedro lo declara de esta forma, “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia…” (2 Pedro 1:3-4)
Hebreos 10:39
Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.
¡Dios te bendiga!

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