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Mi Esposo(a) No Comparte Mi Fe En Cristo

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El hecho de que usted y su esposo(a) no compartan la misma fe en Cristo puede crear una serie de problemas en su matrimonio. En un momento determinado, las diferencias en lo que ustedes creen pueden parecer un problema menor. Pero con eltiempo, esas diferencias crecen y se convierten en desapego y resentimiento, obstruyendo la intimidad y creando una barrera significativa.

Es común que en el matrimonio haya sentimientos de soledad y aislamiento. Cualquiera de los que estamos casados puede empezar a perder la pasión por sus esposos(as). Pero un creyente que está casado con un incrédulo podría luchar aun más con la soledad, el aislamiento y el resentimiento.

El desafío que usted tiene como creyente es hacer todo lo que pueda para crear un ambiente en el que su esposo(a) acepte a Cristo como Señor y Salvador. Lo que más potencial tiene para apremiar a su esposo(a) a aceptar a Cristo es que usted exhiba un amor cristiano.

Amar a su esposo(a) significa dar prioridad a las necesidades de él o ella antes que a las suyas propias. Es invitarlo(a) a disfrutar una relación más profunda con usted esperando que en el futuro también compartan una relación con Jesucristo. Es ser veraz y honesto acerca de sus sentimientos y permitir a su compañero(a) la misma libertad de tener y expresar sus pensamientos y sentimientos. La comunicación abierta y el respeto mutuo ayudan a definir una relación llena de amor.

Mientras ama a su esposo(a), permanezca también comprometido(a) con Dios y con sus valores. Siga orando, yendo a la iglesia y leyendo la Biblia. Ore por su esposo(a) Colosenses 1:9; Hebreos 4:16). Tenga comunión con otros creyentes (1 Tesalonicenses 5:14; Hebreos 10:25). En 1 Corintios 7:14, el apóstol Pablo explicó que el cónyuge incrédulo es “santificado” por medio de la relación con un cónyuge salvo. Esto significa que el esposo o la esposa no salvo(a) se coloca en un lugar de privilegio especial y de potencial espiritual por el hecho de vivir con un cónyuge salvo. Por ejemplo, un hombre no salvo que tiene una esposa que ora por él sinceramente y vive una vida cristiana delante de él en el hogar está en una posición donde las condiciones son favorables para su salvación. No sólo lo influye la esposa, sino que otros creyentes que conocen la condición espiritual del hombre también orarán por él.

Pero trate de no forzar a su esposo(a) no creyente. Puede que se sienta manipulado si usted trata de animarlo a ir a la iglesia o a leer la Biblia con usted. Tratar de conseguir que vaya a la iglesia o que ore con usted es inútil. Los incrédulos no tienen base para querer eso. ¿Por qué habrían de orar si no tienen fe? Forzarlos a actividades como ir a la iglesia los puede alejar de la verdad del evangelio. De hecho, el apóstol Pedro dijo a las esposas creyentes que se ganaran a sus esposos incrédulos “sin palabra” por la “conducta casta y respetuosa” y “el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible” (1 Pedro 3:1-4).

Recuerde que su fe será probada. Puede haber momentos en que sienta que sus esfuerzos no valen nada, que no están marcando ninguna diferencia en su esposo(a). Su compañero(a) hasta podría interpretar mal sus motivaciones en algunos momentos y alejarse de usted. La distancia que siente le puede hacer desear desistir.

Durante esos períodos de soledad con su compañero(a), admita sus legítimos sentimientos de pérdida y desilusión por no tener un matrimonio más feliz. Llévelos a Dios en oración, porque Él consuela a los que sufren (Mateo 5:4). Dios no promete felicidad conyugal, pero nos da algo muchísimo mejor: una fe restaurada, esperanza, gozo, paz y amor (Salmo 119:116; 147:11; Romanos 15:13). Dios usa los tiempos difíciles como esos para producir paciencia y carácter en nosotros, obrando para nuestro beneficio (Romanos 8:28; Santiago 1:2-4).


Sembrando Semillas

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Por: Anonimo)
Había una vez un hombre que subía cada día al autobús para ir al trabajo.
Una parada después, una anciana subía al autobús y se sentaba al lado de la ventana
La anciana abría una bolsa y durante todo el trayecto, iba tirando algo por la ventana.
Siempre hacía lo mismo y un día, intrigado, el hombre le preguntó que era lo que tiraba por la ventana.
¡Son semillas! – le dijo la anciana.
¿Semillas? ¿Semillas de qué?
- De flores… es que miro afuera y está todo tan vacío…Me gustaría poder viajar viendo flores durante todo el camino. ¿Verdad que sería bonito?

- Pero las semillas caen encima del asfalto, las aplastan los coches, se las comen los pájaros… ¿Cree que sus semillas germinarán al lado del camino?
- Seguro que sí. Aunque algunas se pierdan, alguna acabará en la cuneta y, con el tiempo, brotará.
- Pero…tardarán en crecer, necesitan agua…
- Yo hago lo que puedo hacer. ¡Ya vendrán los días de lluvia!
La anciana siguió con su trabajo… Y el hombre bajó del autobús para ir a trabajar,
pensando que la anciana había perdido un poco la cabeza .

Unos meses después, yendo al trabajo, el hombre, al mirar por la ventana, vio todo el camino lleno de flores…
¡Todo lo que veía era un colorido y florido paisaje! 
Se acordó de la anciana, pero hacía días que no la había visto. Preguntó al conductor:
- ¿La anciana de las semillas? 
- Pues, ya hace un mes que murió. 
El hombre volvió a su asiento y siguió mirando el paisaje.

«Las flores han brotado, se dijo, pero ¿de que le ha servido su trabajo? No ha podido ver su obra».
De repente, oyó la risa de un niño pequeño. Una niña señalaba entusiasmada las flores…
- ¡Mira, papá! ¡Mira cuántas flores!
¿Verdad que no hace falta explicar mucho el sentido de esta historia? 
La anciana de nuestra historia había hecho su trabajo, y dejó su herencia a todos los que la pudieran recibir, a todos los que pudieran contemplarla y ser más felices. 
Dicen que aquel hombre, desde aquel día, hace el viaje de casa al trabajo con una bolsa de semillas que va arrojando por la ventanilla.

No dejes de sembrar cosas buenas…
Alguien siempre recogerá tu siembra….


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